Hola, ¿cómo estás?

Hoy quiero compartir algo que lleva días cociéndose dentro de mi. 

Hace días que me encuentro con madres que me cuentan su necesidad de volar, de evadirse, de estar solas. Y me lo cuentan con una culpa tremenda. Una culpa que les hace vivir en silencio aquello tan malo que sienten, impidiéndoles compartirlo con otras mujeres que pueden estar sintiendo lo mismo. Volvemos con la culpa de la malamadre, una culpa que nos limita y nos frena a escucharnos y permitirnos sentir y hacer aquello que nos está pidiendo nuestro cuerpo.

Todas necesitamos estar con nosotras mismas, encontrar momentos de conexión y compasión, de abrazo y sostento, de disfrute y gozo para con nosotras. Y es normal. Y no pasa nada.
A veces necesitamos salir de nuestro cuerpo y mirar nuestra vida con distancia y perspectiva, para poder valorarla, volver a ella y vivirla como merece ser vivida. 

Necesitamos nutrirnos para poder nutrir. No me canso de repetirlo. Nútrete para poder nutrir. Seas madre o no. Y por nutrirte entendemos todo aquello que te haga sentir bien contigo misma, permitiéndote, priorizándote, abrazándote, mimándote. El cómo cada una lo sabe (si quieres puedes mirar diferentes recursos para volver a ti en mi último post).

Pero para eso es importante conocernos, detectar qué estamos necesitando, qué nos está pidiendo el cuerpo para poder dárselo. 

Todo lo que sentimos por muy malo que nos parezca en este momento necesita ser abrazado y mirado sin ser juzgado. Solo si lo podemos acoger podremos aceptarlo y dejar que haga su curso. Cuando lo juzgamos y lo tapamos termina saliendo de una forma u otra a modo sifón.

Debemos observarnos desde nuestra niña, desde la apertura al aprendizaje sin juzgar, sin razones, sin bueno ni malo. Y para poder aprender necesitamos desaprender, vaciar el cerebro y salir de nuestra zona de confort.

Puedes elegir tener razón o tener más paz y estar más serena.

Cuando no nos permitimos, cuando no somos capaces de nutrirnos y querernos, culpamos y responsabilizamos a fuera, ya sea pareja, padres, hijos,… que no nos den aquello que necesitamos, que no nos cuiden, que no nos miren. Y nos enfadamos. 

¿Y por qué nos enfadamos? Porque el mundo no es como debería ser. Porque la gente no es como debería ser desde tu punto de vista. 

¿Y cómo podemos intentar prevenir el enfado? A continuación te cuento algunos recursos para hacerlo. 

  1. Aceptación. Reconoce que te enfadas porque el mundo no es como tú quieres. El mundo es como es, acéptalo.

  2. No tenemos que controlar el enfado sino GESTIONARLO. Herramientas: Lo primero es darte cuenta que te estás enfadando, obsérvate, sal de ti y vuelve a entrar. Esto corta las emociones que van a la amígdala y hará que baje el enfado automáticamente.

  3. Decidir que no me enfado. Esto es dominio personal. Tenemos que conseguir desinfoxicarnos con lo que nos contamos a nosotros mismos. ¿Porque hay personas que se enfadan con una cosa y otras con la misma cosa no se enfadan? Decidir no enfadarte te EMPODERA.

  4. Nadie hace nada para fastidiarte, todos hacemos lo que podemos con los recursos que tenemos. Grábate esto en tu mente y repitelo las veces que hagan falta hasta que lo integres bien.

 

Para terminar me gustaría plantearte estas dos preguntas:

¿Me estaría enfadando si fuera el último día de mi vida?
¿Es una batalla que merece la pena luchar?


Esto va de valorar, de disfrutar y de confiar. Depende de ti. 


Te espero al otro lado.


Un fuerte abrazo,

Carlota

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