Hola, ¿cómo estás?
Llevo días sin pasarme por aquí y no sabes como anhelaba este momento, para mi es un momento de conexión, de reflexión y de reparación. Compartir de dentro hacía fuera es terapéutico y maravilloso.

No te voy a engañar, están siendo días muy intensos, se respira una energía densa tanto fuera como dentro de casa. Adultos y niños. Incluso nuestro fiel amigo, Wilco.

Son momentos de recogernos, de conectar con nuestra luz y de estar presentes en todo aquello que hagamos. Y sobretodo hacerlo desde el amor, porque el amor lo puede todo. El amor contigo misma y el amor con todo y todos los que te cruces en tu camino.

Una de las cosas que más me está ayudando es la respiración. Respirar conscientemente en todo lo que hago me ayuda a estar más presente, más conectada y más tranquila. Si no conoces la técnica Breathe Work te invito a probarla, es una forma de cuidarte, de abrazarte, de liberar ansiedades, de desbloquear emociones y de estar en tu luz. Haz click aquí para saber más sobre la técnica o para reservar una sesión.

Hoy te quiero hablar de la infancia y de cómo nos relacionamos con nuestros hijos.

La infancia es la etapa para recibir incondicionalmente sin necesidad de dar nada a cambio. En cambio la adultez es la etapa de dar incondicionalmente a los hijos incluso si no hemos recibido lo suficiente en nuestra infancia.

Los niños dependen completamente de los padres, no juzgan, solo absorben todo aquello que ven y escuchan de su mundo exterior. De esta manera van creando sus propias creencias según lo vivido con sus referentes, principalmente mamá. Por ejemplo: Una niña que se siente rechazada por su mamá activará un mecanismo de supervivencia inconsciente para sobrevivir a esa falta de amor materno.

Los niños necesitan sentirse amados, reconocidos, mirados, escuchados, respetados… Cuando no reciben este amor materno lo buscaran inconscientemente durante toda su vida con pedidos desplazados.

El mayor regalo que puedes hacerles es que TU TE CUIDES, te nutras, te hables bien, ellos son una esponja y aprenden de lo que ven. Vivir en un estado de serenidad y de gratitud, dar las gracias en familia, decirles que les quieres, reconocer que lo sientes y pedir perdón.

Te propongo un ejercicio para tomar consciencia de la relación con tu hijo/a.
Busca un espacio donde estés tranquila y hazte las siguientes preguntas.

¿Qué cosas me gustan de mi hijo?
¿Qué cosas no me gustan de mi hijo?
¿Qué hago cuando mi hijo hace cosas que me gustan?
¿Qué hago cuando mi hijo hace cosas que no me gustan?
¿Cómo le hace sentir a mi hijo estas cosas que hago cuando “hace cosas que me gustan”?
¿Cómo le hace sentir a mi hijo estas cosas que hago cuando “hace cosas que no me gustan”?
¿Qué hago con mi enfado?

Te invito a leer y observar cada una de tus respuestas. ¿Te gusta lo que lees? Es probable que haya cosas que te gusten y otras cosas que no.

Necesitamos reparar nuestras heridas para poder nutrir a nuestros hijos como merecen, en base al amor y al respeto, sosteniendo cada momento de su evolución. Sanarnos, querernos, respetarnos y nutrirnos como mujeres y madres que somos.

Te invito a descubrir mi Método Renace para empezar tu transformación, conectar con tu esencia y empoderarte como madre y como mujer que eres.

Por último te dejo una frase que siento que deberíamos decirles a nuestros hijos diariamente. Creo que a todas nos hubiera gustado escucharla de nuestros padres de vez en cuando.

Digas lo que digas, hagas lo que hagas y pienses lo que pienses, te quiero igual.

Me despido animándote a compartir por aquí el ejercicio que te he propuesto, me encantará leerte 🙂

Un fuerte abrazo y feliz día,

Carlota

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